Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede seguirme

ES MÁS FÁCIL, NO MÁS FELIZ, NO SEGUIR A JESÚS

1. Quien no me prefiere, no puede seguirme. Nos puede parecer muy fuerte que Jesús nos pida que le prefiramos a todos, a todo. Pero es algo que nosotros también pretendemos de las personas que amamos. Si dicen que nos aman, queremos ser los preferidos precisamente porque somos amados. Cuando alguien nos dice que nos ama, y nos deja tirados cuando ha dicho que iba a venir, o se queda en el trabajo, o con las amigas, o con quien sea, muestran mayor amor a ellos o a esas situaciones que a nosotros y no nos sentimos amados. Por eso amar a Jesús, es preferirle. Si le amamos es nuestro favorito, como es nuestro favorito aquel a quien amamos. Por eso lo que nos dice Jesús no es en realidad algo extraordinario sino que nace del amor. Pero nosotros todavía no hemos madurado en el amor, por más que decimos con mucha facilidad que amamos. De hecho, lo decimos con demasiada ligereza. Incluso a las personas que amamos una y otra vez las dejamos a un lado, porque en la cotidianidad o en el momento preciso, hay cosas, personas que amamos más que quien decimos que amamos. 2. Quien toma las decisiones sin pensar, superficialmente, no puede seguirme. Para amar hay que hacer un plan, un proyecto. En cambio, dejándonos llevar por el instinto, las emociones, los caprichos, los placeres, las esclavitudes a las que estamos sujetos, nunca podremos avanzar mucho en el amor. Para madurar en el amor se necesita no solamente sentir amor, sino tener fuerza de voluntad para vivirlo. El amor puede empezar con un sentimiento, con una emoción, pero aumenta con la fuerza de voluntad de quien quiere seguir viviendo ese amor. El amor no puede reducirse a lo que siento, porque ese es un amor instintivo y eso no puede definir totalmente el amor. El amor madura en una vida en que lo que siento se va reforzando superando las dificultades que van surgiendo y con las decisiones que voy tomando. Tantas separaciones y divorcios son el resultado de un amor sentido pero que se dejó de alimentar y no creció. Y cuando tenemos más edad, el amor no puede seguir siendo lo que fue sino lo que tiene que ser. 3. Quien está apegado a las cosas materiales, no puede seguirme. El amor a las personas nos hace hermanos, el amor a las cosas nos hace esclavos. Es lo que Pablo intenta explicar a Filemón. Lo material no es malo, pero se vuelve malo cuando pone en segundo lugar a las personas. Cuando el amor a las personas y a Dios se ve condicionado por el valor que damos a las cosas, es cuando lo material se vuelve algo negativo en la vida. Nuestro egoísmo, placer, y muchas cosas que apreciamos indiscriminadamente en la vida hacen pesado nuestro vivir, en vez de facilitarnos la felicidad; y el barro de nuestro ser entorpece nuestras ideas, y nuestro amor a las personas como nos dice la primera lectura. No es que las cosas, que son también un don de Dios, sean malas, lo son cuando desplazan a un segundo lugar a las personas de nuestra vida y en vez de ser amadas son soportadas a nuestro lado. Es mala cualquier cosa y situación que desplace a un segundo lugar a las personas, no solamente a las personas que amamos, sino a todas las personas.

Padre Jesús Berrizbeitia, asesor nacional AMSIF


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